El Mundial de 2026 se perfila como un torneo lleno de desafíos, desde lo logístico hasta lo geopolítico, que podrían opacar incluso el espectáculo deportivo. Uno de los primeros obstáculos es la infraestructura: el Estadio Azteca, símbolo del fútbol mexicano, aún no está listo, y el tiempo apremia. Las obras avanzan, pero la incertidumbre persiste sobre si cumplirán con los plazos para albergar los partidos en condiciones óptimas.
La seguridad es otro tema crítico, especialmente en Guadalajara, una de las sedes más problemáticas. La presencia del crimen organizado en Jalisco ha generado preocupación, y aunque las autoridades aseguran que habrá medidas excepcionales, el riesgo de incidentes no puede descartarse. Si a esto se suma la tensión internacional —como el conflicto entre Estados Unidos e Irán, país invitado al torneo—, el escenario se complica aún más. ¿Cómo garantizar que un evento de esta magnitud transcurra sin sobresaltos cuando el mundo parece estar al borde de nuevas crisis?
Pero los problemas no terminan ahí. La FIFA ha convertido este Mundial en un negocio desmedido, con precios de boletos que rayan en lo absurdo. En ediciones anteriores, era posible conseguir entradas accesibles incluso el mismo día del partido, por alrededor de 25 dólares. Hoy, los costos son prohibitivos para la mayoría de los aficionados, especialmente para los latinoamericanos, que históricamente han llenado los estadios con pasión. Peor aún, las restricciones migratorias en Estados Unidos amenazan con dejar fuera a miles de seguidores que, pese a tener sus documentos en regla, podrían enfrentar obstáculos para ingresar al país.
La logística también será un dolor de cabeza. Los equipos y aficionados tendrán que recorrer distancias enormes entre México, Estados Unidos y Canadá, con cambios bruscos de clima y altitud que podrían afectar el rendimiento de los jugadores. ¿Están preparadas las selecciones para adaptarse a estas condiciones en tan poco tiempo? La respuesta no es clara, y el riesgo de lesiones o fatiga acumulada es real.
A pesar de todo, hay un atisbo de esperanza. El Mundial de Qatar 2022 demostró que, incluso en medio de polémicas, el fútbol puede ofrecer momentos inolvidables. Si la fase de grupos logra superar los obstáculos, quizá el torneo nos regale partidos emocionantes que hagan olvidar, al menos por un momento, los errores de organización y los intereses económicos que lo rodean. Pero para eso, primero habrá que resolver una pregunta clave: ¿está el mundo —y la FIFA— a la altura de este desafío?


